Una insignificante oración

Una insignificante oración

Hace un par de semanas terminé de leer un libro acerca de la oración escrito por Timothy Keller, en él se exploran las profundidades de la oración, nos muestra como la oración es nuestra respuesta a un diálogo iniciado por Dios a través de la Biblia, que es su palabra escrita. Comparte los pensamientos de grandes teólogos como Martín Lutero y Juan Calvino e intenta a través de ellos mostrarnos un camino fácil hacia una oración efectiva. El libro es muy bueno y si tienes la oportunidad de leerlo no lo dudes, pasa un tiempo aprendiendo más sobre la oración.

La oración es algo que catalogamos como místico, con poderes sobrenaturales y algo que vemos lejano a nuestras posibilidades. Por supuesto que tiene un poco de todo esto, pero para cada hijo de Dios la oración debería ser una conversación con Dios.

Hace algunos días estaba leyendo la historia que encontramos en 2 Reyes 20:1-11, te pongo en contexto: Ezequías era el rey de Judá en aquel tiempo, uno de los últimos reyes que tuvo el pueblo de Dios, y un día sin aviso y sin prepararse aparece en su palacio el profeta Isaías para darle sentencia de muerte, le explica que Dios le manda a pedir que ponga sus asuntos en orden ya que dentro de poco morirá. No me puedo imaginar el corazón del rey Ezequías al recibir tremenda noticia y me puedo sentir en sus zapatos, ¿acaso tú no has recibido en alguna ocasión alguna mala noticia que cambió el rumbo de tu vida? Si hubiera sido yo, seguramente me hubiera puesto a llorar y a hacer drama, me hubiera aislado y me hubiera despedido de mis seres amados, en pocas palabras hubiera hecho El drama.

La Biblia no lo menciona, pero aparentemente Isaías dio la noticia y no esperó ninguna respuesta del rey, se dio la vuelta y comenzó su regreso a casa. Lo que más me sorprendió fue la actitud del rey Ezequías, la Biblia continua la historia contando como aquel rey se voltea contra la pared y recita la siguiente oración: «Acuérdate, oh Señor, que siempre te he sido fiel y te he servido con singular determinación, haciendo siempre lo que te agrada»; y el rey se echó a llorar amargamente.

Lo más sorprendente viene el versículo 4:  Sin embargo, antes de que Isaías saliera del patio central,[a] recibió este mensaje de parte del Señor:  «Regresa y dile a Ezequías, el líder de mi pueblo: “Esto dice el Señor, Dios de tu antepasado David: ‘He oído tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a sanarte y en tres días te levantarás de la cama e irás al templo del Señor. 6Te añadiré quince años más de vida y te rescataré del rey de Asiria junto con esta ciudad. Defenderé esta ciudad por mi propia honra y por amor a mi siervo David’”».

¿Te puedes imaginar una respuesta tan rápida a tus oraciones? Al pobre Isaías no le dio tiempo ni de salir del palacio y Dios ya lo había enviado de vuelta para responder la oración de aquel hombre. Lo que anhelo dejar en tu corazón hoy es que definitivamente nuestras oraciones son importantes y que a Dios le agrada que tomemos un tiempo para estar a solas con Él, pero que también escucha aquellas oraciones pequeñas, sencillas y que a ti puedan parecerte insignificantes. Hace algunos días hablaba con mi hermana, ella tenía una petición muy fuerte delante del Señor, y yo le expresaba justo lo que hoy quiero decirte a ti. Tengo grabadas en mi mente muchas oraciones pequeñas que he elevado al cielo y que Dios me las ha respondido. Unos días después de sugerirle a mi hermana que orara aún más por esta petición, Dios se luce respondiéndole.

Así que no tengas miedo de tener una constante plática con Dios, porque Él escucha hasta las más insignificantes oraciones.

Julieta González

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